«Era de noche cuando emprendimos la huida. Se
escuchaban los bombardeos y estaba muy oscuro. Caminábamos por un sendero
cuando estalló un artefacto explosivo improvisado. Murieron dos de mis hijas.
La de 9 años falleció en el acto. Cavé una pequeña zanja y la dejé allí, con la
cabeza arrancada y las extremidades cortadas. La otra, de 19 años, perdió las
piernas. La cogí en brazos y corrí hacia el puesto del ejército iraquí. Cuando
llegué, me di cuenta de que ya no respiraba». Ibrahim, de 46 años, vuelve
una y otra vez a la dramática fuga que protagonizó su familia para poner tierra
de por medio con el callejero de su Mosul natal, que aún sigue bajo yugo del
autodenominado Estado Islámico. «Hubiera preferido morir yo en su lugar.
La vida así carece de valor», relata a EL MUNDO desde uno de los
campamentos que han aflorado en la región autónoma del Kurdistán iraquí.
«Mi hijo de cinco años sigue en shock desde que vio a sus hermanas
despedazadas. Ha enloquecido. Camina y no sabe hacia donde va. Los médicos
dicen que necesitará mucho tiempo para asimilar tanto dolor», agrega
cansado de aguardar un incierto regreso.
La crisis humanitaria que desangra Irak, con más de tres
millones de desplazados desde principios de 2014 y decenas de miles de familias
traumatizadas por la violencia, se enfrenta a un nuevo desafío. Ayer las
fuerzas de seguridad iraquíes inauguraron la ofensiva sobre el oeste de Mosul,
el asalto definitivo al último bastión del califato en suelo iraquí.
«Nuestras tropas comienzan a liberar a los ciudadanos del terror del Daesh
[acrónimo en árabe del Estado Islámico]», clamó el primer ministro iraquí
Haidar al Abadi en el discurso televisivo en el que instó a los uniformados a
«recuperar con valentía el resto de la ciudad» y prometió «un nuevo
amanecer».
Sobre la geografía occidental de la segunda ciudad de Irak,
atravesada por el Tigris, la ONU estima que permanecen atrapados entre 750.000
y 800.000 civiles. Según la ONG Save the Children, unos 350.000 son menores de
edad que tratan de sobrevivir bajo los bombardeos de la coalición internacional
que lidera Estados Unidos, el fuego cruzado y una alarmante carestía.
«El éxito de la ofensiva no estará determinado por el
número de barrios y villas que son recuperadas sino por la protección de los
civiles por parte de las fuerzas iraquíes y la coalición internacional»,
señala Wolfgang Gressmann, director del Consejo Noruego del Refugiado. La ONG
es uno de los grupos que se prepara para socorrer a las 400.000 almas que,
según la ONU, podrían huir de sus hogares en el curso de una batalla que se
prolongará hasta cinco meses.
Durante la jornada de ayer, la novena división del ejército
iraquí, la policía federal y las milicias chiíes de «Hashid Shaabi»
(Movilización popular, en árabe) cosecharon rápidos avances reconquistando una
decena de localidades en los alrededores del aeropuerto de Mosul, ubicado en la
periferia sur de la urbe.
Con los cinco puentes de la villa alcanzados por el plomo,
el objetivo inmediato es avanzar por el sur y arrebatar a los yihadistas la
base militar de Al Ghazlani, un estratégico fortín donde el ejército almacenaba
un importante arsenal cuando huyó en junio de 2014 dejando expedito el camino a
los adláteres de Abu Bakr al Bagdadi. En su recinto los extremistas ejecutaron
a 194 ex miembros de las fuerzas de seguridad el pasado octubre tras el inicio
de la campaña militar para recuperar el control de Mosul.
La nueva contienda, lanzada ayer después de varias semanas
de parón táctico, se antoja complicada y larga. Aunque sus dimensiones son
menores que las de la región oriental, el oeste de Mosul es un laberinto de
callejuelas angostas, un plano impenetrable para los vehículos blindados que
obligará a librar una arriesgada batalla callejera. En su arterias están emplazados
los zocos más populares, la gran mezquita desde la que Al Bagdadi anunció el
renacimiento del califato a finales de junio de 2014 y los principales
edificios administrativos del Gobierno. Durante meses los yihadistas han
preparado el terreno horadando una densa red de túneles que conecta las
viviendas y dificulta la vigilancia desde el aire.
«Conocemos muy bien al enemigo. Sabemos cómo atacan,
cuál es su estilo y podemos anticiparnos a sus pensamientos», desliza Ali
al Dajalki, portavoz de las fuerzas armadas iraquíes, en conversación con este
diario. «Vamos a poner en funcionamiento nuevas prácticas y armamento que
no ha sido utilizado hasta ahora», agrega. La presión de la constelación
de fuerzas que integran la campaña militar ha convertido el oeste de Mosul en
una ratonera. La ruta hacia la ciudad siria de Raqqa, la capital «de
facto» del califato, fue cortada el pasado noviembre.
En mitad del asedio, la supervivencia se vuelve cada vez más
difícil. Los alimentos, el combustible y el agua potable escasean; más de la
mitad de los comercios han echado el cierre y hay distritos enteros sepultados
bajo las tinieblas, huérfanos de electricidad. El hambre ha comenzado a hacer
estragos. Según el observatorio iraquí de derechos humanos, 25 niños perdieron la
vida el mes pasado en el oeste de la urbe por la falta de comida.
En pleno invierno, las familias han optado por quemar los
restos de su mobiliario, pedazos de plástico y pilas de basura para cocinar y
calentarse. La ONU reconoció ayer que «trabaja a contrarreloj» para
establecer campos donde recibir a las familias que consigan zafarse de las
escaramuzas.
Hasta ahora, escapar ha resultado una opción suicida. La
semana pasada una mujer y sus tres hijos fueron ejecutados a sangre fría cuando
trataban de cruzar el río a bordo de una rudimentaria barcaza. Idéntico sino
corrieron unos días antes otra mujer y seis hombres. «Eso no es islam. A
un vecino lo cazaron intentando huir y le descerrajaron un tiro», comenta
a este diario Yasim, que logró dejar atrás la pesadilla hace unas semanas.
«En el camino de salida -rememora- vimos cadáveres y artefactos explosivos
camuflados en muñecas y llamativas cajas de regalo». En cuatro meses de
ofensiva, unos 200.000 civiles han abandonado el enclave y sus inmediaciones.
De ellos, unos 50.000 han protagonizado ya un regreso plagado de zozobras. Ayer
dos suicidas se inmolaron en el este de la ciudad cobrándose cinco vidas, entre
ellas, las de tres soldados. «Un día volveré a mi casa. Y ellos ya no
estarán allí. Ya no podrán destruir nuestros hogares, secuestrar a nuestros
hijos, violar a nuestras mujeres y cometer crímenes que jamás habíamos
sufrido», balbucea Yasim.
Escapar del Estado Islámico o morir
20/Feb/2017
El Mundo (España) por Francisco Carriónei